[3] PENSAMIENTOS DESCARRIADOS

Así como el arquero talla y pone sus flechas rectas, el maestro dirige sus pensamientos descarriados.

Ahora medita sobre lo siguiente. ¿Tus sueños te dirigen a ti o tu diriges tus sueños?  Porque mucho depende de esta apreciación ¿Te dominan tus pensamientos? ¿Te llevan de acá para allá? ¿Te insinúan, te fascinan, te obsesionan? ¿Mueven ello tus hilos y tú eres un simple esclavo?  O tú eres el maestro y puedes decir a tus pensamientos: «¡Para!» Y tienen que detenerse; ¿puedes conectarlos o desconectarlos?

La gente nunca piensa en ello porque les hace sentirse muy humillados.  Les muestra su impotencia. Que ni siquiera pueden detener sus pensamientos, sus propios pensamientos.

2 comentarios en «[3] PENSAMIENTOS DESCARRIADOS»

  1. Esta es una famosa parábola tibetana:

    Un hombre sirvió a un maestro durante muchísimos años. Su servicio no era puro; había en él una motivación. Quería que el maestro le diera un secreto. Había oído que el maestro tenía un secreto: cómo hacer milagros. Con este deseo oculto, el hombre servía al maestro cada día. Tenía miedo de hacer alguna mención sobre su motivo, pero el maestro lo observaba continuamente.

    Un día el maestro le dijo: «Es mejor que, por favor, dejes hablar a tu mente, porque constantemente estoy viendo que hay un motivo en el servicio que haces para mí. No nace del amor, ciertamente no procede del amor. No veo nada de amor en ello y tampoco veo nada de humildad. Es una especie de soborno. Así que, por favor, cuéntame, ¿qué quieres?».

    El hombre había estado esperando esta oportunidad. Dijo: «Quiero el secreto de hacer milagros».

    El maestro contestó: «Entonces, ¿por qué has desperdiciado tanto tu tiempo? Podrías habérmelo dicho el mismo día que llegaste. Te has torturado a ti mismo y también me has torturado a mí, porque no me gusta que la gente que me rodea tenga motivos. Resulta horrible mirarlos. Son básicamente avariciosos, y la avaricia los hace desagradables. El secreto es sencillo; ¿Por qué no me lo preguntaste el primer día? Consiste en esto …».

    Escribió un pequeño mantra en un trozo de papel, solo tres líneas: «Buddham sharanam gachchhami. Sangham sharanam gachchhami. Dhammam sharanam gachchhami». Significa: «Me pongo a los pies de Buda; me pongo a los pies de la comuna de Buda; me pongo a los pies del dhamma, la ley suprema».

    Y el maestro indicó al hombre: « Lleva este pequeño mantra contigo, repítelo cinco veces; solo cinco veces. Es un proceso simple. Solo tienes que recordar una condición mientras lo repites; date un baño cierra la puerta, siéntate en silencio; y mientras lo repites, no pienses en monos».

    El hombre replicó: «¿Qué tonterías estás diciendo? Para empezar, ¿por qué debería pensar en monos? ¡En toda mi vida he prestado ninguna atención a los monos!».

    El maestro contestó: «Tú decides, pero yo tengo que indicarte la condición. Así es como me dieron el mantra a mí, con esta condición. Si nunca has pensado en monos, mejor para tí. Ahora márchate a casa y, por favor, no vuelvas más. Tienes el secreto y conoces la condición.

    Cumple la condición y tendrás poderes milagrosos, podrás hacer cualquier cosa que quieras: volar en el cielo, leer el pensamiento de las personas, materializar cosas, y así sucesivamente».

    El hombre corrió hacia su casa; hasta se olvidó de dar las gracias al maestro. Así es como funciona la avaricia; no conoce el agradecimiento, no conoce la gratitud. La avaricia ignora por completo la gratitud; nunca se ha cruzado con ella. La avaricia es un ladrón y los ladrones no agradecen a la gente.

    El hombre salió corriendo, pero estaba muy desconcertado: ya en el camino a casa los monos empezaron a aparecer en su cabeza. Vio muchas clases de monos, pequeños y grandes, con boca roja y con boca negra, y estaba muy aturdido: «¿Qué está pasando?». De hecho, no pensaba en nada más sino en monos. Y se estaban volviendo más grandes y amontonándose a su alrededor.

    Se fue a casa, tomó un baño, pero los monos no lo dejaban. Ahora sospechaba que no iban a dejarlo mientras estuviera entonando el mantra. Todavía no lo estaba repitiendo, únicamente se estaba preparando. Y cerró las puertas, la habitación se llenó de monos; ¡estaba tan repleta que no le quedaba espacio para él! Cerró los ojos y allí estaban los monos, abrió los ojos y los monos seguían allí. No podía creer lo que estaba pasando. Lo intentó toda la noche. Tomó uno y otro baño y volvía a intentarlo otra vez, y fracasaba, fallaba completamente.

    Por la mañana fue a ver al maestro y le devolvió el mantra diciéndole: «Quédate con el mantra. ¡Me está volviendo loco! No quiero hace ningún milagro, pero, por favor, ¡ayúdame a librarme de estos monos!».

    ¡Es completamente imposible librarse de un simple pensamiento! Y si quieres deshacerte de él, aún se hace más difícil, porque cuando quieres desprenderte de un pensamiento surge la pregunta -es un momento muy decisivo- de quién es el maestro, ¿la mente o tú? La mente va a intentar por todos los medios posibles demostrar que ella es el maestro y no tú.

    El maestro ha sido un esclavo durante siglos, y el esclavo ha sido el maestro durante millones de vida. El esclavo ahora no puede dejar todos su privilegios y prioridades tan fácilmente. Va a ofrecerte una gran resistencia.

    ¡Inténtalo! Hoy toma un baño, cierra las puertas y repite este simple mantra: Buddham sharanam gachchhami. Sangham sharanam gachchhami. Dhammam sharanam gachchhami -y no dejes que los monos se te acerque a ti …

    Estás riéndote del pobre hombre. Te quedarás sorprendido: tú eres ese hombre.

  2. El arquero zen, el kyudo, templa su arco, concentra su mente y dispara: coloca su flecha donde elige. Lo extraordinario es que lo hace sin apuntar y normalmente con los ojos cerrados. Eso lo logra en un supremo acto de concentración y enfoque. Su mente borra todo lo demás y sólo tiene una misión: guiar su flecha hacia su blanco. Nada lo distrae. El sabe que si su mente vuela en mil temas mientras templa su arco, su flecha saldrá para cualquier lado. Sólo el que se concentra logra la victoria.

    ¿Por qué nos va mal? ¿Es porque estamos rodeados de lobos y nosotros somos los únicos buenos? ¿Es porque nuestro personal «no se pone la camiseta»? ¿Es porque los competidores tienen más dinero o mejores relaciones? No. Nos va mal porque actuamos descontroladamente, porque no nos enfocamos, porque mientras tratamos de hacer negocios al mismo tiempo nuestra mente esta pensando en la familia, en las mujeres, en los amigos, en el fin de semana. Nos va mal porque nuestra mente es un ente descarriado, parlanchín, vive su vida propia, piensa en lo que se le ocurre y en cualquier momento. Nos va mal porque no hemos hecho el intento de disciplinar, de domar a nuestra mente.

    ¿Se puede disciplinar la mente? Si, con los adecuados ejercicios se puede lograr enrielar la mente en el camino de nuestros objetivos. Es lo que llaman alinear las acciones con los objetivos. En el Kyudo o arquería zen las acciones son el arco y el templarlo y el objetivo es dar en el blanco. Ese es uno de los ejercicios. Pero si no tienen a su disposición ni los equipos ni los lugares ni los maestros un simple ejercicio los ayudara a llevar a la práctica este Sutra: la posicion del árbol del hatha yoga. Pararse en un solo pie mientras el otro reposa apoyado en la rodilla es un excelente ejercicio de concentración y enfoque.

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